lunes, 22 de junio de 2026

Alegría: el arte de reconocer lo que ya está aquí

Hay una idea que me acompañó durante años y que, sin darme cuenta, condicionó mi forma de vivir: la creencia de que la alegría llegaría cuando consiguiese algo más.

Cuando tuviese más tiempo.

Cuando resolviese un problema.

Cuando encontrase a las personas adecuadas.

Cuando las circunstancias fuesen mejores.

Cuando por fin llegase ese momento que estaba esperando.

Y así pasaba semanas, meses e incluso años viviendo en una especie de sala de espera emocional.

Pero la alegría tiene una forma muy distinta de aparecer.

No suele llegar haciendo ruido, no acostumbra a anunciarse, y no siempre coincide con grandes logros ni con fotografías perfectas.

La alegría verdadera suele parecerse más a este columpio vacío en medio del bosque.

Un espacio sencillo.

Un instante de pausa.

Un lugar donde descansar.

A medida que pasan los años, empiezo a pensar que la alegría no consiste en acumular experiencias extraordinarias, sino en desarrollar la capacidad de reconocer la belleza de lo ordinario.

Una taza de café en silencio.

Una caminata entre árboles.

Una respiración consciente.

Una conversación que nutre.

Un abrazo inesperado.

Una tarde sin planes.

La risa compartida con alguien que nos conoce de verdad. Hoy por ejemplo he ido a comer con mi madrina, y siento mucha alegría por tenerla conmigo.

Son momentos tan pequeños que muchas veces pasan desapercibidos.

Y, sin embargo, son ellos los que terminan sosteniendo una vida.

Vivimos en una cultura que nos invita constantemente a buscar más: más productividad, más reconocimiento, más resultados, más velocidad.

Pero el alma tiene otro ritmo.

El alma se alimenta de presencia.

De pausas.

De gratitud.

De aquello que no puede comprarse ni medirse.

Quizá por eso las prácticas que más bienestar aportan suelen ser también las más sencillas: respirar conscientemente, caminar, meditar, contemplar la naturaleza, escuchar sin prisa, descansar sin culpa.

No porque solucionen todos nuestros problemas.

Sino porque nos devuelven al único lugar donde la alegría puede existir: el momento presente.

La imagen del columpio me recuerda precisamente eso.

No hace falta que siempre haya alguien ocupándolo.

A veces basta con saber que existe.

Que hay un lugar donde volver.

Que la vida también puede ser ligera.

Que no todo tiene que ser esfuerzo.

Que no todo tiene que estar orientado a producir.

Porque la alegría no siempre aparece cuando conseguimos algo.

Muchas veces aparece cuando dejamos de correr y empezamos a mirar.

Y entonces descubrimos que aquello que llevábamos tanto tiempo buscando ya estaba aquí.

Esperándonos en los pequeños momentos que, por cotidianos, habíamos olvidado valorar.

Elige lo que te nutre.
Pequeños momentos que despiertan el alma.
Vive. Ríe. Agradece.
 


jueves, 18 de junio de 2026

Cuando dejamos de querer hacer bien las cosas??

Es muy preocupante, y no solo en sanidad, pero como es lo que vivo día a dia ..aquí lo dejo.

Y creo, no tiene que ver con la falta de conocimientos, tiene que ver con la falta de interés.

Con esa sensación creciente de que hacer las cosas bien ha dejado de ser importante.

Que basta con cumplir, que basta con salir del paso, que basta con que otro termine resolviendo aquello que nosotros no hemos querido asumir.

Trabajo en un entorno donde el aprendizaje debería ser algo natural. La sanidad cambia constantemente, los cuidados también y el paciente por supuesto.

Los conocimientos evolucionan, pero las necesidades de los pacientes también.

Sin embargo, cada vez escucho con más frecuencia una frase que me resulta difícil comprender:

"¿Para qué?"

¿Para qué formarme?

¿Para qué aprender algo nuevo?

¿Para qué implicarme más?

¿Para qué esforzarme si nadie lo reconoce?

Y aunque entiendo el cansancio que muchas veces hay detrás de esas palabras, sigo pensando que existe una diferencia entre sentirse agotado y dejar de sentir responsabilidad.

Porque cuando dejamos de aprender, no nos estancamos únicamente nosotros.

También se empobrece la calidad del cuidado que ofrecemos.

Hay algo profundamente valioso en seguir siendo curioso, en seguir haciéndose preguntas.

En seguir queriendo comprender mejor aquello que hacemos cada día.

No porque vayamos a recibir un premio, ni porque nos lo exijan, sino porque detrás de nuestro trabajo hay personas.

Personas que depositan en nosotros su confianza, y que esperan profesionalidad. Que esperan humanidad, presencia.

Quizá soy ingenua, pero sigo creyendo que una parte importante de la dignidad profesional consiste en no conformarse, y en mantener viva la inquietud por mejorar.

En seguir aprendiendo incluso cuando nadie nos obliga.

En seguir cuidando los detalles cuando nadie nos observa.

Porque el verdadero profesionalismo no aparece cuando nos supervisan.

Aparece cuando nadie mira.

Y aun así decidimos hacer las cosas lo mejor posible.

No por perfeccionismo, ni por exigencia, sino por respeto hacia nuestro trabajo y sobre todo respeto hacia quienes atendemos.

Y por supuesto,  respeto hacia nosotros mismos.

Me pregunto si el problema no es la falta de formación, sino el hecho de  haber olvidado que aprender también es una forma de cuidar.

Y que cuando dejamos de crecer profesionalmente, algo dentro de nosotros también deja de crecer.







martes, 16 de junio de 2026

Stress Away: el aceite que me enseñó a bajar el ritmo

 Hay herramientas que llegan a nuestra vida por casualidad y otras que aparecen justo cuando las necesitamos.

Mi encuentro con la aromaterapia comenzó hace dos años, en una etapa en la que buscaba formas sencillas de cuidar mi bienestar emocional y físico en medio de la intensidad del día a día. Como sanitaria, conozco bien lo que significa sostener responsabilidades, acompañar procesos difíciles y, muchas veces, olvidarse de una misma mientras se cuida de los demás.

Uno de los primeros aceites esenciales que utilicé fue Stress Away.

No sabía entonces que aquel pequeño frasco acabaría convirtiéndose en un compañero habitual de mis prácticas de mindfulness, Yoga Nidra y momentos de pausa consciente y en mi perfume mas de un año.

Cuando el cuerpo vive en alerta

Muchas personas creen que el estrés es solo una sensación mental. Sin embargo, el estrés también tiene una expresión física muy concreta.

Se refleja en la respiración superficial, en los hombros tensos, en la dificultad para descansar, en la sensación de estar siempre pendientes de algo.

Nuestro sistema nervioso está diseñado para protegernos. Cuando percibe una amenaza, activa mecanismos que nos preparan para actuar. El problema es que hoy las amenazas suelen ser plazos, preocupaciones, exceso de información o una agenda que nunca parece terminar.

Y el cuerpo no siempre distingue entre un peligro real y una preocupación constante.

Por eso es tan importante ofrecerle momentos de seguridad y descanso.

El aroma como puerta de entrada a la calma

Los aromas tienen una capacidad única para influir en nuestro estado interno.

Cuando inhalamos un aceite esencial, la información aromática llega rápidamente a zonas cerebrales relacionadas con las emociones, los recuerdos y la regulación de la respuesta al estrés.

Por eso un aroma puede hacernos sentir confort, tranquilidad o incluso transportarnos a un momento concreto de nuestra vida.

En mi caso, Stress Away se convirtió en una invitación a detenerme.

A respirar más despacio.

A regresar al momento presente.

A recordarme que no era necesario vivir todo el tiempo en modo "hacer".

Un pequeño ritual cotidiano

Con el tiempo entendí que el verdadero valor de la aromaterapia no está únicamente en las propiedades de un aceite esencial, sino en la intención con la que lo utilizamos.

Aplicar unas gotas en las muñecas antes de comenzar una práctica de Yoga Nidra.

Respirarlo profundamente después de una jornada intensa.

Utilizarlo mientras escribo, medito o simplemente observo el atardecer.

Son gestos sencillos.

Pero precisamente por eso son tan poderosos.

Porque nos ayudan a construir espacios de presencia dentro de una vida que a menudo nos invita a correr.

Lo que aprendí de Stress Away

Si algo me enseñó este aceite es que la calma no llega cuando terminamos todas las tareas pendientes.

La calma aparece cuando decidimos regalarnos una pausa, aunque sea breve.

Cuando escuchamos las señales del cuerpo antes de que nos obligue a parar.

Cuando entendemos que cuidar del sistema nervioso no es egoísmo, sino una necesidad.

Hoy sigo utilizando Stress Away como parte de mis rituales de autocuidado. No porque espere que resuelva mis problemas, sino porque me recuerda algo esencial:

que siempre puedo volver a la respiración, al cuerpo y al momento presente.

Y, muchas veces, eso es exactamente lo que necesitamos.


Una invitación

¿Tienes algún aroma que te haga sentir inmediatamente en casa, en calma o conectado contigo mismo?

Quizás la aromaterapia no consista en añadir algo más a nuestra vida, sino en recordar lo que ya sabemos: que dentro de nosotros existe un lugar al que siempre podemos regresar.


lunes, 15 de junio de 2026

Los puentes que sostenemos solos

 Hace poco caminaba junto al agua, observando un viejo puente de piedra. Me quedé un rato contemplándolo y pensé que, en cierto modo, las relaciones humanas se parecen mucho a los puentes.

Un puente existe para unir dos orillas, necesita apoyo en ambos lados para mantenerse firme.

Y, sin embargo, a veces en nuestras relaciones ocurre algo diferente: una sola persona intenta sostener toda la estructura.

No sucede de repente. Es algo que suele instalarse poco a poco.

Primero eres tú quien escribe porque te apetece, después eres tú quien pregunta cómo está la otra persona. Más tarde eres tú quien propone quedar, quien llama, quien se interesa, quien recuerda fechas importantes, quien cuida los detalles.

Y como el vínculo te importa, sigues haciéndolo.

Sin darte cuenta, lo que comenzó siendo un gesto de cariño acaba convirtiéndose en una responsabilidad silenciosa.

Hasta que un día aparece una pregunta incómoda:

¿Qué pasaría si yo dejara de sostener esto durante un tiempo?

La respuesta no siempre es agradable.

A veces descubrimos que la relación continúa respirando por sí sola.

Otras veces comprobamos que éramos nosotros quienes aportábamos casi todo el oxígeno.

No escribo esto desde el reproche.

La vida me ha enseñado que cada persona ama, cuida y se relaciona desde sus propias circunstancias, capacidades y heridas.

No todo el mundo expresa el afecto de la misma manera. No todo el mundo sabe estar presente del mismo modo. Y tampoco todas las relaciones están llamadas a tener la misma profundidad.

Pero una cosa es aceptar las diferencias y otra muy distinta asumir en soledad el trabajo que corresponde a dos personas. Porque la reciprocidad no consiste en dar exactamente lo mismo. No es una contabilidad emocional donde anotamos quién llamó primero, quién ayudó más o quién estuvo más veces disponible.

La reciprocidad es algo mucho más sencillo.

Es sentir que el vínculo respira en ambas direcciones, es percibir que al otro lado también hay alguien que cuida el puente. Alguien que, a su manera, también se acerca y también pregunta. También sostiene.

También construye.

Con los años he aprendido que muchas veces sufrimos no por la realidad de una relación, sino por la imagen que conservamos de ella. Seguimos alimentando expectativas porque recordamos cómo fue en otro momento. Seguimos insistiendo porque creemos que, si hacemos un esfuerzo más, algo volverá a ser como antes.

Pero hay ocasiones en las que el acto más amoroso no consiste en insistir.

Consiste en observar. Observar sin perseguir, sin empujar, sin justificar constantemente la ausencia del otro.

Simplemente mirar lo que ocurre cuando dejamos de cargar el puente sobre nuestros hombros, y aceptar la respuesta.

Algunas relaciones se fortalecen, otras se transforman, otras terminan.

Y aunque eso pueda doler, también nos devuelve una energía que llevábamos demasiado tiempo invirtiendo en sostener algo que ya no estaba siendo compartido.

Quizá la madurez emocional no consista en conseguir que todo el mundo permanezca en nuestra vida.

Quizá consista en reconocer qué relaciones tienen raíces profundas y cuáles estaban sostenidas únicamente por nuestra voluntad de que no desaparecieran.

Hoy valoro más que nunca las relaciones sencillas, las que no necesitan persecución.

Las que no me obligan a adivinar mi lugar y que sabes que se construyen desde ambos lados.

Porque he descubierto que las relaciones más sanas son aquellas en las que la energía circula, ccomo el agua bajo un puente.

Libre y a la  vez  en movimiento.

Sin que nadie tenga que cargar sola con el peso de unir las dos orillas.

Y tú, qué puentes sigues sosteniendo por costumbre, cuando quizá ha llegado el momento de comprobar si también se sostienen desde el otro lado?


Por qué quiero que Mmmedita sea un refugio para quienes cuidan

 

Hace poco menos de un año cree el perfil @mmmedita en Instagram, simplemente como un espacio para hablar de mindfulness, bienestar o autocuidado.

Pero con el paso del tiempo me he dado cuenta de que hay una pregunta que aparece una y otra vez detrás de todo lo que comparto:

¿Quién cuida a quienes cuidan? Quien nos cuida a quienes cuidamos? Y aqui no hablo del entorno personal...

Trabajo en sanidad desde hace años. He visto el cansancio, la presión, las prisas, la exigencia y el desgaste emocional que muchas veces acompañan a esta profesión. He visto cómo profesionales excelentes llegan a casa vacíos después de haber sostenido durante horas el dolor, el miedo o la incertidumbre de otras personas.

Y también me he visto a mí misma en ese lugar.

Porque cuidar no es solo un trabajo. Cuidar implica estar presente, acompañar, escuchar, contener y responder incluso en los días en los que una misma no está bien.

Con el tiempo comprendí que muchas de las herramientas que me ayudaban a recuperar el equilibrio —la atención plena, la respiración consciente, el contacto con la naturaleza, el descanso, el yoga Nidra o los aceites esenciales— podían ser también un apoyo para otras personas que viven realidades parecidas.

Por eso quiero que Mmmedita evolucione. No para convertirme en una experta que enseña desde un pedestal, sino para crear un espacio donde quienes trabajan cuidando personas puedan sentirse comprendidos.

Un lugar donde se hable del cansancio emocional sin vergüenza.

Donde descansar no se vea como una debilidad y donde podamos recordar que detrás del uniforme hay personas.

Foto programa Tvg
Foto programa Tvg  en la 4Sur

Personas que sienten, personas que se cansan y que también necesitan apoyo.

No pretendo ofrecer soluciones mágicas ni fórmulas perfectas. La vida real no funciona así.

Lo que sí quiero ofrecer es una pausa.

Un momento para respirar.

Una reflexión que acompañe.

Una herramienta sencilla para los días difíciles.

Un recordatorio de que también merecemos cuidarnos.

Quizás ese sea el verdadero propósito de Mmmedita.

No enseñar a las personas a cuidar mejor.

Sino ayudar a quienes cuidan a no olvidarse de sí mismos en el camino.

Si eres alguien que cuida, fuera o dentro del hospital, te invito a seguirme y a pasarte un ratito de vez en cuando por aquí.

De antemano, gracias🙏💗