sábado, 13 de junio de 2026

Volver a casa una y otra vez


Muchas personas llegan a la meditación buscando calma.

Yo también.

Llegamos cansadas del ruido, de las prisas, de las preocupaciones que ocupan demasiado espacio en nuestra cabeza. Llegamos con la esperanza de encontrar una herramienta que nos ayude a sentirnos mejor, a descansar un poco de nosotros mismos, a recuperar algo de paz.

Y durante un tiempo pensé que eso era exactamente la meditación.

Creía que meditar consistía en alcanzar determinados estados: serenidad, silencio, bienestar, equilibrio.

Pero la vida, como suele hacer, terminó enseñándome algo mucho más profundo.

Con el tiempo descubrí que la práctica no consiste en sentirte bien todo el tiempo.

Consiste en aprender a estar presente también cuando las cosas no van bien.

Estar cuando aparecen el miedo, la incertidumbre o la tristeza, estar cuando los planes cambian, cuando las personas que amamos sufren, o cuando la enfermedad entra en una habitación.

También cuando una despedida llega antes de lo que esperábamos.

Estar cuando la vida deja de parecerse a lo que habíamos imaginado.

Y ahí he de decir que algunas de las experiencias más humanas que he vivido ocurrieron precisamente cuando ya no había nada que decir.  Solo estar, solo sostener ,solo compartir un instante de humanidad.

La meditación me ha ayudado a comprender eso.

No como una técnica ni como una herramienta para relajarme, sino como una forma de relacionarme con la vida. 

Mi camino ha pasado por hospitales, aprendizajes, pérdidas, libros, aceites esenciales, bosques, conversaciones profundas, amaneceres, atardeceres y muchas horas de silencio.

Ha pasado por momentos de claridad y por otros en los que apenas podía ver el siguiente paso.

Y sigo caminando.

Porque he comprendido que el mindfulness no es un destino al que se llega. 

La práctica es volver.

Volver cuando te pierdes.

Volver cuando te distraes.

Volver cuando sufres.

Volver cuando la vida te sacude.

Volver cuando olvidas quién eres.

Volver una y otra vez a ese lugar interno donde puedes encontrarte contigo misma sin exigencias y sin juicios.

viernes, 12 de junio de 2026

Humanizar el cuidado

Hoy no vengo solo como profesional de enfermería.

Hoy vengo también como alguien que ha estado al otro lado de la cama..

y os aseguro que esa experiencia cambia la forma de cuidar para siempre.

Cuando eres enfermera o técnico en cuidados de enfermería, sabes hacer muchas cosas bien: técnicas, protocolos, procedimientos.
Pero cuando te conviertes en paciente, descubres algo que no aparece en ningún manual:
cómo se siente realmente una persona cuando pierde el control de su cuerpo, de su tiempo y, a veces, de su voz.
Y ahí entendí que la humanización no es un añadido al cuidado.
Es el cuidado.
Cuando entramos en una habitación, para nosotros es “una más” del turno.
Para esa persona, puede ser el peor día de su vida.
Y no es un número, no es un diagnóstico, no es una cama.
Es alguien con miedo, con historia, con familia, con preguntas que quizá no se atreve a hacer.
Como paciente aprendí que algo tan simple como que alguien se presente, te mire a los ojos y te llame por tu nombre…
te devuelve un poco de dignidad cuando todo lo demás parece haberse perdido.
Humanizar empieza ahí.
En cómo entramos, en cómo miramos, en cómo hablamos.
No cuesta tiempo.
Cuesta conciencia.
Muchas veces se dice:
“Es que no hay tiempo para pararse”.

Y yo os digo, desde haber estado en la cama: la empatía no retrasa el trabajo, lo mejora.

Un paciente escuchado confía más. Un paciente comprendido colabora más. Un paciente tratado con respeto sufre menos. La empatía no es cargar con el dolor del otro. No es llevarnos el sufrimiento a casa. Es algo mucho más sencillo y más profundo: reconocer que el dolor del otro existe y es válido.
Como paciente recuerdo perfectamente cómo me hablaron.
No recuerdo todos los nombres, ni todos los tratamientos.Pero sí recuerdo el tono.El silencio respetuoso. La prisa o la calma.
Porque os digo una cosa muy clara: la forma en que hablamos también cura… o hiere.
Explicar es cuidar.
Nosotros sabemos mucho.
Pero cuando estás en una cama, a veces no entiendes nada. El paciente no entiende nada..
Todo es nuevo, todo asusta, todo suena grave.
Hablar claro, con palabras sencillas, comprobar que la persona ha entendido…
eso no nos quita profesionalidad. Nos hace mejores profesionales.
Porque informar no es soltar datos. Es asegurarse de que el otro se siente seguro.
Y luego está algo muy importante: acompañar sin juzgar.
Como paciente aprendí que el juicio duele más que la enfermedad.
Una mirada, un comentario fuera de lugar, una frase dicha sin pensar…
puede quedarse grabada durante años.
No sabemos qué historia trae cada persona cuando entra por la puerta.
No sabemos qué batallas ya viene luchando.
Nuestro trabajo no es corregir vidas, es sostener personas.
Humanizar también es escuchar la voluntad del paciente.
Respetar sus tiempos, sus decisiones, sus miedos.
Incluirle no nos quita autoridad.

Nos la da.

Porque cuidar no es imponer.
Es caminar al lado.
Y quiero detenerme en algo que, como paciente, se vive con mucha intensidad:
la intimidad y la dignidad.
Una sábana mal puesta.
Una conversación en voz alta.
Una puerta que no se cierra.
Son detalles pequeños para quien tiene el control.
Pero enormes para quien está vulnerable.
La dignidad no se pierde por estar enfermo.
Al contrario.
Se vuelve más frágil y más sagrada.
Y es nuestra responsabilidad protegerla, incluso cuando la persona no puede hacerlo por sí misma.
La familia también importa.
Cuando estás enfermo, la presencia de los tuyos no es un capricho.
Es apoyo, es calma, es sentido.
Humanizar es entender que el paciente no viene solo.
Detrás hay personas que también sufren y necesitan ser tenidas en cuenta.
Y quiero cerrar con algo muy importante para quienes empezáis ahora.
La técnica se aprende.
Los protocolos se estudian.
La experiencia llega con el tiempo.
Pero la humanización
la humanización se elige cada día.
Se elige cuando estás cansado.
Cuando tienes prisa.
Cuando el turno pesa.
Se elige recordar que, algún día, cualquiera de nosotros puede estar al otro lado.
Y cuando un profesional ha sido paciente, entiende algo que ya no se olvida nunca:
que lo que deja huella no es solo lo que hacemos,
sino cómo hacemos sentir a la persona que cuidamos.
Ojalá nunca perdáis eso.
Porque ahí está la esencia más hermosa de nuestra profesión.
Gracias

jueves, 11 de junio de 2026

Volver a Mi refugio


Hace dieciseis años abrí este blog como quien abre una ventana.

Aquí quedaron pensamientos, emociones, aprendizajes y fragmentos de una etapa de mi vida que hoy miro con cariño. Durante mucho tiempo permaneció en silencio, pero nunca desapareció.

La vida siguió su curso. Aprendí a cuidar desde la sanidad, a acompañar desde el mindfulness, a escuchar desde el silencio del Yoga Nidra y a descubrir que el bienestar no es un destino, sino una práctica diaria.

Hoy regreso a este espacio con la misma esencia, aunque con una mirada más amplia.

Sigo creyendo en las personas, en las conversaciones que sanan, en la importancia de sentir y en la capacidad que tenemos para transformarnos.

Este refugio ya no será exactamente el mismo.

Y yo tampoco.

Pero quizás por eso tiene sentido volver.

Bienvenidos a esta nueva etapa.

— Merche

Acompañamiento 

viernes, 9 de julio de 2010

La edad no importa.


Esta tarde he hecho una de las cosas que más me gusta, y me llena: hablar con una persona mayor. Es algo que me encanta, absorver todo lo que la sabiduría de los años va dejando en las personas, sus experiencias y el aprendizaje de ella. Cada palabra que escuchas de un "mayor", es un guía para tu vida, un baremo que te indica si vas bien o donde debes mejorar.

Hoy estuve con una profesora del cole. Me dió clases en parvulitos, y desde aquellas, somos inseparables, a pesar de la distancia. Estuvimos 10 años carteándonos, cuando apenas yo contaba con 13 años, y hemos seguido haciéndolo con los años, ya que ella habitualmente vive en Italia.

Estos días está aqui en la ciudad, porque ha sido operada, entonces aprovecho para ir a verla, y nutrirme . Es como pisar en casa, es como abrazar uno de tus pilares, es una relación que ha ido creciendo con los años, y en la distancia, pero es tan sumamente fuerte, que no puedo compararla, es simplemente mi profe de parvulitos.

Es mayor, está débil, y aquel empuje y energía que la caracterizaron durante años, lo va perdiendo. Me asusta eso, pero 80 años, vividos a su ritmo, son muchos años. Hoy me dado muchas pautas, muchos consejos y bastantes recados. Temo no poder volver a sentarme 2 horas en un banco al fresco, disfrutando de las vistas de la ciudad desde esa casa, desde Montealegre. Por eso hoy he querido referirme a ella, porque me hace crecer.

Escuchar su vida, sus consejos, es como volver al centro, para, reflexionar, y salir de allí con ímpetu nuevo.

Escuchar a nuestros mayores es algo que deberíamos hacer más a menudo, por múltiples razones, pero sobre todo por dos que para mi, son fundamentales: a ellos les mueve la necesidad de contar, muchas veces la misma historia, y saber que alguien cogerá nota de sus lecciones y a nosotros, nos ayuda saber, que la vida no es fácil para nadie, pero que ellos han pasado coas mucho peores, y han salido de ellas. Es fuerza, ánimo y alimento para el espíritu, escuchar las experiencias de la vida de nuestros mayores.

Agradezco a la vida esta amistad, que con 50 años de diferencia nos regala momentos para el recuerdo, como el de esta tarde.

martes, 22 de junio de 2010

La última cima


He ido a ver, por segunda vez, La última cima..
Y muchos direis.." Y después de más de 2 meses sin escribir, vienes aqui solo a decir, que has ido a ver una peli, y dos veces???"..Pues si, una peli sobre un cura, sobre un ser humano tocado por muchas virtudes, y seguramente por muchos defectos, pero que ante semejante personalidad...quedan definitivamente ocultos a nuestros ojos.

He ido a verla por segunda vez, porque quería ir acompañada de sus colegas y ver cómo respiraban, (incluso si llegaban a emocionarse) con ella. Y la respuesta no ha sido nada diferente a lo que esperaba, les ha llegado.

Quizás soy una ingenua al decir esto, quizás muchos de los que lean esto, muchos de los curas que lean esto piensen " Pero que incauta...", pero yo mantengo lo que dije el primer dia cuando la vi con mi marido: Conozco a más de un Pablo , y en más de una ocasión los tengo cerca, muy cerca, en mi camino, en mi vida". Así que quizás en vez de ser una incauta, sea una verdadera privilegiada, porque estando rodeada como estoy, de sacerdotes buenos, fieles a su vocación, buenas personas, buenos hijos, y sobre todo, para mi, buenos, muy buenos amigos. No son retrógrados, ni raros, ni tristes, ni oscuros. No. Son alegres, sencillos, juegan al fútbol, cantan, bailan, cocinan, toman cafecito, cervezas, van al cine, a comer, a cenar, a la playa, a la montaña..en fin, son amigos. De los que ayudan, y dan apoyo y animo, y también se enfadan, cuando les duele algo.

Son personas, como yo, como tú, con sus errores, sus virtudes, y esta película, espero, sea una pequeña directriz más de como ser un poquito mejores, no solo ellos, todos. Cierto es que si todos dejasemos muchas de las etiquetas que llevamos encima, a un lado, todo sería mucho más facil.

Si no has ido a verla, aunque no "comulgues" con la fe cristiana, deberías ir. No hay ciencia ficción, es todo cotidiano, palpable y en muchos casos, sentirás que te sentaste frente a un espejo.

Para todos mis "Pablos"..un beso y mucho, muchísimo ánimo.