viernes, 3 de julio de 2026

Volver a lo lento en un mundo que arde



 Estamos en una época en las que una siente con más claridad que el mundo se ha vuelto demasiado rápido, demasiado ruidoso y demasiado insensible.

Abrimos el móvil y encontramos guerras, terremotos, violencia, polarización, enfermedad, pérdidas, agotamiento. Las malas noticias se encadenan unas con otras con una velocidad que el cuerpo no siempre sabe sostener. Todo ocurre deprisa. Todo exige reacción inmediata. Todo parece empujarnos a vivir en estado de alerta.

Y en medio de ese ruido, una vela encendida puede parecer un gesto insignificante.

Caminar descalza por la playa puede parecer una frivolidad.

Preparar una infusión con calma, sentarte a respirar o contemplar el atardecer puede parecer poco frente a todo lo que está ocurriendo en el mundo.

Pero quizá sea justo al revés. Quizá necesitamos volver a lo pequeño porque lo grande nos está desbordando.
Quizá necesitamos recuperar el ritual porque hemos normalizado una forma de vida profundamente desconectada de nuestros ritmos internos.Quizá necesitamos volver a lo lento no como escapismo, sino como una forma de resistencia.

Encender una vela no cambia una guerra, pero puede recordarte que todavía existe un espacio de silencio dentro de ti.

Caminar por la playa no mitiga el dolor que causa ver un terremoto, pero puede ayudarte a volver al cuerpo cuando la mente ya no sabe cómo procesar tanto dolor.

Respirar conscientemente no resuelve el sufrimiento del mundo, pero puede impedir que tú también te conviertas en otra persona más anestesiada, desconectada y arrastrada por la inercia del miedo.

Creo que estamos viviendo un tiempo que nos obliga a mirar de frente algo incómodo: no podemos seguir habitando la vida desde el automatismo, la prisa y la superficialidad sin pagar un precio muy alto.

No hablo solo de bienestar individual.Hablo de conciencia.De una conciencia más despierta, más humana, más capaz de comprender que todo está conectado.

Lo que ocurre en un país lejano también nos afecta.

La forma en que consumimos información afecta a nuestro sistema nervioso.

La forma en que nos relacionamos con nuestro cuerpo afecta a la forma en que tratamos a otros.

La violencia que toleramos dentro de nosotros acaba teniendo eco fuera.

Quizá por eso siento que todo lo que está ocurriendo no solo nos confronta con el dolor, sino también con una elección: seguir viviendo dormidos o empezar a despertar.

Seguir alimentando el ruido o empezar a proteger espacios de presencia.

Seguir reaccionando desde el miedo o cultivar una mirada más consciente, más compasiva y más responsable.

Volver a lo lento no significa dar la espalda al mundo.

Significa no permitir que el mundo te arrastre hasta perderte.

Significa elegir pequeños gestos que te devuelvan a casa.

Encender una vela al amanecer.

Caminar junto al mar.

Escuchar el sonido de tu respiración.

Preparar un aceite, una infusión o una comida con presencia.

Sentarte en silencio aunque sea unos minutos.

Apagar el teléfono.

Mirar el cielo.

Llorar lo que duele.

Dar gracias por lo que permanece.

Todo eso también es práctica espiritual, aunque no siempre lo llamemos así.

No sé si estamos asistiendo a una elevación colectiva de conciencia.

Sería demasiado grandilocuente afirmarlo con certeza.

Pero sí creo que estamos siendo empujados, a veces de manera brutal, a revisar la forma en que vivimos.

A cuestionar qué consumimos, cómo nos vinculamos, a qué damos valor, qué ritmo sostenemos y cuánto tiempo hace que no nos escuchamos de verdad.

Tal vez la conciencia no se eleve de golpe.

Tal vez lo haga así: persona a persona, gesto a gesto, respiración a respiración.

Tal vez empiece cuando alguien, en mitad del ruido, decide encender una vela en lugar de seguir corriendo.

Cuando alguien apaga el móvil y sale a caminar.

Cuando alguien elige no endurecerse más.

Cuando alguien decide sentir el dolor del mundo sin dejar que eso le robe la ternura.

Volver a lo lento no es retroceder.

Es recordar algo esencial que el ruido nos hizo olvidar: que la profundidad necesita tiempo y que la  presencia necesita silencio.

Y que, a veces, el acto más revolucionario no es hacer más, sino habitar de otra manera aquello que ya estamos viviendo.

martes, 30 de junio de 2026

Lo que el hospital me enseña sobre la vida

 Cuando empecé a trabajar en un hospital pensaba que aprendería sobre cuidados, técnicas y procedimientos. Y sí, he aprendido todo eso.

Pero con el paso de los años me he dado cuenta de que el hospital ha sido una de las mayores escuelas de vida que he conocido.

Entre sus pasillos no solo hay enfermedades. Hay historias, hay personas que celebran una buena noticia y otras que reciben una de las peores llamadas de su vida. Hay familias que esperan con esperanza, con miedo o con incertidumbre.

Hay silencios que dicen mucho más que cualquier conversación.

Trabajar aquí me ha enseñado que la vida puede cambiar en un instante, que muchas veces damos por hecho cosas tan sencillas como respirar sin dificultad, caminar, abrazar a quien queremos o volver a casa al terminar el día.

También me ha enseñado que acompañar no siempre consiste en hacer algo veces consiste simplemente en estar. En escuchar sin interrumpir, en sostener una mano, en respetar un silencio, en ofrecer una mirada que transmita calma cuando no existen las palabras adecuadas.

He aprendido que la fortaleza no siempre tiene la forma que imaginamos. La he visto en pacientes que afrontan la enfermedad con una serenidad admirable. La he visto en familiares que encuentran fuerzas donde pensaban que ya no quedaban. Y también la he visto en compañeros que, después de una jornada difícil, vuelven al día siguiente dispuestos a seguir cuidando.

Pero el hospital también me ha enseñado algo que tardé demasiado tiempo en comprender.

Quienes cuidamos a los demás también necesitamos que alguien cuide de nosotros.

He dejado de pensar que aguantar era parte del trabajo, que el cansancio era normal, que llegar a casa sin energía era el precio de esta profesión.

Hoy intento vivirlo de otra manera.

He descubierto que descansar no es un premio, es una necesidad y que respirar unos minutos antes de empezar el día puede cambiar cómo lo afronto, que caminar por la naturaleza, meditar o simplemente regalarme un momento de silencio no me hace menos profesional.

Me ayuda a seguir cuidando sin olvidarme de mí.

Quizá esa sea la mayor lección que me ha regalado el hospital.

Recordarme cada día que detrás de cada uniforme hay una persona.

Y que para seguir ofreciendo presencia, humanidad y cuidado, primero necesitamos concedernos esas mismas cosas a nosotros.

Ese es el motivo por el que  está naciendo
@Mmmedita

Porque creo profundamente que quienes cuidan también merecen un lugar donde sentirse cuidados.

jueves, 25 de junio de 2026

No necesito ser comprendida por todo el mundo (y tú tampoco..)

Tendemos a pensar  que la incomprensión es un problema que debe resolver.

Durante un tiempo, bastante largo, si alguien no entendía una decisión que había tomado, intentaba explicarme mejor, si alguien cuestionaba mis cambios, buscaba argumentos.

Si sentía distancia en una relación, dedicaba tiempo y energía a intentar aclarar lo que estaba ocurriendo.

En el fondo, creía que ser comprendida era una condición necesaria para sentirme en paz.

Pero la paz llega precisamente cuando dejamos de exigir comprensión.

Porque la realidad es que no todas las personas pueden acompañarnos en todas las etapas de nuestra vida, y eso no significa que no nos quieran, simplemente significa que cada persona observa el mundo desde su propia historia, sus experiencias, sus heridas y sus límites.

A veces esperamos que los demás entiendan decisiones que ellos nunca tomarían, cambios que ellos no desean hacer, preguntas que nunca se han planteado, y desde ahí nace gran parte de la frustración. No porque nos rechacen, sino porque esperamos encontrar un reflejo de nosotros mismos donde quizá nunca existió.

 Y a mi eso me llevó a creer durante mucho tiempo a asociar la comprensión con el amor.

Pensaba que quien me quería debía entenderme...

Hoy ya no estoy tan segura.

Creo que hay personas que nos quieren profundamente y, sin embargo, nunca llegarán a comprender determinadas partes de nuestro camino.

Y también existen personas que nos comprenden sin necesidad de compartir nuestra experiencia.

La comprensión es un regalo, no una obligación.

Quizá una de las señales de madurez emocional sea dejar de vivir permanentemente explicándonos.

No porque nos volvamos indiferentes, no porque dejemos de comunicarnos.

Sino porque dejamos de convertir la comprensión ajena en un requisito para validar nuestra experiencia.

Cuando dependemos de que otros entiendan nuestras decisiones para sentirnos seguras, seguimos entregando fuera una parte importante de nuestro poder.

Necesitamos que aprueben, que confirmen, que respalden, que nos digan que estamos haciendo lo correcto.

Sin embargo, llega un momento en el que la vida nos invita a caminar sin esa garantía.

A confiar en lo que sabemos internamente y a escuchar nuestra propia brújula y también a  aceptar que algunas personas se quedarán, otras se alejarán y otras simplemente no sabrán qué hacer con la nueva versión de nosotros.

Y eso forma parte del proceso.

Muchas veces confundimos pertenecer con ser comprendidos, pero no son lo mismo.

Pertenecer no significa que todos piensen como nosotros.

Significa poder habitar nuestra verdad sin necesidad de escondernos.

La libertad aparece cuando dejamos de negociar constantemente quién somos para resultar más comprensibles, más aceptables o más cómodos para los demás.

Porque hay algo profundamente agotador en vivir traduciendo nuestra esencia para que encaje en todas las miradas.

Y algo profundamente liberador en aceptar que no todo el mundo va a entendernos.

Y quizá ahí comienza una forma más profunda de libertad, la libertad de ser.

Incluso cuando no todos entienden por qué.

lunes, 22 de junio de 2026

Alegría: el arte de reconocer lo que ya está aquí

Hay una idea que me acompañó durante años y que, sin darme cuenta, condicionó mi forma de vivir: la creencia de que la alegría llegaría cuando consiguiese algo más.

Cuando tuviese más tiempo.

Cuando resolviese un problema.

Cuando encontrase a las personas adecuadas.

Cuando las circunstancias fuesen mejores.

Cuando por fin llegase ese momento que estaba esperando.

Y así pasaba semanas, meses e incluso años viviendo en una especie de sala de espera emocional.

Pero la alegría tiene una forma muy distinta de aparecer.

No suele llegar haciendo ruido, no acostumbra a anunciarse, y no siempre coincide con grandes logros ni con fotografías perfectas.

La alegría verdadera suele parecerse más a este columpio vacío en medio del bosque.

Un espacio sencillo.

Un instante de pausa.

Un lugar donde descansar.

A medida que pasan los años, empiezo a pensar que la alegría no consiste en acumular experiencias extraordinarias, sino en desarrollar la capacidad de reconocer la belleza de lo ordinario.

Una taza de café en silencio.

Una caminata entre árboles.

Una respiración consciente.

Una conversación que nutre.

Un abrazo inesperado.

Una tarde sin planes.

La risa compartida con alguien que nos conoce de verdad. Hoy por ejemplo he ido a comer con mi madrina, y siento mucha alegría por tenerla conmigo.

Son momentos tan pequeños que muchas veces pasan desapercibidos.

Y, sin embargo, son ellos los que terminan sosteniendo una vida.

Vivimos en una cultura que nos invita constantemente a buscar más: más productividad, más reconocimiento, más resultados, más velocidad.

Pero el alma tiene otro ritmo.

El alma se alimenta de presencia.

De pausas.

De gratitud.

De aquello que no puede comprarse ni medirse.

Quizá por eso las prácticas que más bienestar aportan suelen ser también las más sencillas: respirar conscientemente, caminar, meditar, contemplar la naturaleza, escuchar sin prisa, descansar sin culpa.

No porque solucionen todos nuestros problemas.

Sino porque nos devuelven al único lugar donde la alegría puede existir: el momento presente.

La imagen del columpio me recuerda precisamente eso.

No hace falta que siempre haya alguien ocupándolo.

A veces basta con saber que existe.

Que hay un lugar donde volver.

Que la vida también puede ser ligera.

Que no todo tiene que ser esfuerzo.

Que no todo tiene que estar orientado a producir.

Porque la alegría no siempre aparece cuando conseguimos algo.

Muchas veces aparece cuando dejamos de correr y empezamos a mirar.

Y entonces descubrimos que aquello que llevábamos tanto tiempo buscando ya estaba aquí.

Esperándonos en los pequeños momentos que, por cotidianos, habíamos olvidado valorar.

Elige lo que te nutre.
Pequeños momentos que despiertan el alma.
Vive. Ríe. Agradece.
 


jueves, 18 de junio de 2026

Cuando dejamos de querer hacer bien las cosas??

Es muy preocupante, y no solo en sanidad, pero como es lo que vivo día a dia ..aquí lo dejo.

Y creo, no tiene que ver con la falta de conocimientos, tiene que ver con la falta de interés.

Con esa sensación creciente de que hacer las cosas bien ha dejado de ser importante.

Que basta con cumplir, que basta con salir del paso, que basta con que otro termine resolviendo aquello que nosotros no hemos querido asumir.

Trabajo en un entorno donde el aprendizaje debería ser algo natural. La sanidad cambia constantemente, los cuidados también y el paciente por supuesto.

Los conocimientos evolucionan, pero las necesidades de los pacientes también.

Sin embargo, cada vez escucho con más frecuencia una frase que me resulta difícil comprender:

"¿Para qué?"

¿Para qué formarme?

¿Para qué aprender algo nuevo?

¿Para qué implicarme más?

¿Para qué esforzarme si nadie lo reconoce?

Y aunque entiendo el cansancio que muchas veces hay detrás de esas palabras, sigo pensando que existe una diferencia entre sentirse agotado y dejar de sentir responsabilidad.

Porque cuando dejamos de aprender, no nos estancamos únicamente nosotros.

También se empobrece la calidad del cuidado que ofrecemos.

Hay algo profundamente valioso en seguir siendo curioso, en seguir haciéndose preguntas.

En seguir queriendo comprender mejor aquello que hacemos cada día.

No porque vayamos a recibir un premio, ni porque nos lo exijan, sino porque detrás de nuestro trabajo hay personas.

Personas que depositan en nosotros su confianza, y que esperan profesionalidad. Que esperan humanidad, presencia.

Quizá soy ingenua, pero sigo creyendo que una parte importante de la dignidad profesional consiste en no conformarse, y en mantener viva la inquietud por mejorar.

En seguir aprendiendo incluso cuando nadie nos obliga.

En seguir cuidando los detalles cuando nadie nos observa.

Porque el verdadero profesionalismo no aparece cuando nos supervisan.

Aparece cuando nadie mira.

Y aun así decidimos hacer las cosas lo mejor posible.

No por perfeccionismo, ni por exigencia, sino por respeto hacia nuestro trabajo y sobre todo respeto hacia quienes atendemos.

Y por supuesto,  respeto hacia nosotros mismos.

Me pregunto si el problema no es la falta de formación, sino el hecho de  haber olvidado que aprender también es una forma de cuidar.

Y que cuando dejamos de crecer profesionalmente, algo dentro de nosotros también deja de crecer.