Tendemos a pensar que la incomprensión es un problema que debe resolver.
Durante un tiempo, bastante largo, si alguien no entendía una decisión que había tomado, intentaba explicarme mejor, si alguien cuestionaba mis cambios, buscaba argumentos.
Si sentía distancia en una relación, dedicaba tiempo y energía a intentar aclarar lo que estaba ocurriendo.
En el fondo, creía que ser comprendida era una condición necesaria para sentirme en paz.
Pero la paz llega precisamente cuando dejamos de exigir comprensión.
Porque la realidad es que no todas las personas pueden acompañarnos en todas las etapas de nuestra vida, y eso no significa que no nos quieran, simplemente significa que cada persona observa el mundo desde su propia historia, sus experiencias, sus heridas y sus límites.
A veces esperamos que los demás entiendan decisiones que ellos nunca tomarían, cambios que ellos no desean hacer, preguntas que nunca se han planteado, y desde ahí nace gran parte de la frustración. No porque nos rechacen, sino porque esperamos encontrar un reflejo de nosotros mismos donde quizá nunca existió.
Y a mi eso me llevó a creer durante mucho tiempo a asociar la comprensión con el amor.
Pensaba que quien me quería debía entenderme...
Hoy ya no estoy tan segura.
Creo que hay personas que nos quieren profundamente y, sin embargo, nunca llegarán a comprender determinadas partes de nuestro camino.
Y también existen personas que nos comprenden sin necesidad de compartir nuestra experiencia.
La comprensión es un regalo, no una obligación.
Quizá una de las señales de madurez emocional sea dejar de vivir permanentemente explicándonos.
No porque nos volvamos indiferentes, no porque dejemos de comunicarnos.
Sino porque dejamos de convertir la comprensión ajena en un requisito para validar nuestra experiencia.
Cuando dependemos de que otros entiendan nuestras decisiones para sentirnos seguras, seguimos entregando fuera una parte importante de nuestro poder.
Necesitamos que aprueben, que confirmen, que respalden, que nos digan que estamos haciendo lo correcto.
Sin embargo, llega un momento en el que la vida nos invita a caminar sin esa garantía.
A confiar en lo que sabemos internamente y a escuchar nuestra propia brújula y también a aceptar que algunas personas se quedarán, otras se alejarán y otras simplemente no sabrán qué hacer con la nueva versión de nosotros.Y eso forma parte del proceso.
Muchas veces confundimos pertenecer con ser comprendidos, pero no son lo mismo.
Pertenecer no significa que todos piensen como nosotros.
Significa poder habitar nuestra verdad sin necesidad de escondernos.
La libertad aparece cuando dejamos de negociar constantemente quién somos para resultar más comprensibles, más aceptables o más cómodos para los demás.
Porque hay algo profundamente agotador en vivir traduciendo nuestra esencia para que encaje en todas las miradas.
Y algo profundamente liberador en aceptar que no todo el mundo va a entendernos.
Y quizá ahí comienza una forma más profunda de libertad, la libertad de ser.
Incluso cuando no todos entienden por qué.
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