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jueves, 25 de junio de 2026

No necesito ser comprendida por todo el mundo (y tú tampoco..)

Tendemos a pensar  que la incomprensión es un problema que debe resolver.

Durante un tiempo, bastante largo, si alguien no entendía una decisión que había tomado, intentaba explicarme mejor, si alguien cuestionaba mis cambios, buscaba argumentos.

Si sentía distancia en una relación, dedicaba tiempo y energía a intentar aclarar lo que estaba ocurriendo.

En el fondo, creía que ser comprendida era una condición necesaria para sentirme en paz.

Pero la paz llega precisamente cuando dejamos de exigir comprensión.

Porque la realidad es que no todas las personas pueden acompañarnos en todas las etapas de nuestra vida, y eso no significa que no nos quieran, simplemente significa que cada persona observa el mundo desde su propia historia, sus experiencias, sus heridas y sus límites.

A veces esperamos que los demás entiendan decisiones que ellos nunca tomarían, cambios que ellos no desean hacer, preguntas que nunca se han planteado, y desde ahí nace gran parte de la frustración. No porque nos rechacen, sino porque esperamos encontrar un reflejo de nosotros mismos donde quizá nunca existió.

 Y a mi eso me llevó a creer durante mucho tiempo a asociar la comprensión con el amor.

Pensaba que quien me quería debía entenderme...

Hoy ya no estoy tan segura.

Creo que hay personas que nos quieren profundamente y, sin embargo, nunca llegarán a comprender determinadas partes de nuestro camino.

Y también existen personas que nos comprenden sin necesidad de compartir nuestra experiencia.

La comprensión es un regalo, no una obligación.

Quizá una de las señales de madurez emocional sea dejar de vivir permanentemente explicándonos.

No porque nos volvamos indiferentes, no porque dejemos de comunicarnos.

Sino porque dejamos de convertir la comprensión ajena en un requisito para validar nuestra experiencia.

Cuando dependemos de que otros entiendan nuestras decisiones para sentirnos seguras, seguimos entregando fuera una parte importante de nuestro poder.

Necesitamos que aprueben, que confirmen, que respalden, que nos digan que estamos haciendo lo correcto.

Sin embargo, llega un momento en el que la vida nos invita a caminar sin esa garantía.

A confiar en lo que sabemos internamente y a escuchar nuestra propia brújula y también a  aceptar que algunas personas se quedarán, otras se alejarán y otras simplemente no sabrán qué hacer con la nueva versión de nosotros.

Y eso forma parte del proceso.

Muchas veces confundimos pertenecer con ser comprendidos, pero no son lo mismo.

Pertenecer no significa que todos piensen como nosotros.

Significa poder habitar nuestra verdad sin necesidad de escondernos.

La libertad aparece cuando dejamos de negociar constantemente quién somos para resultar más comprensibles, más aceptables o más cómodos para los demás.

Porque hay algo profundamente agotador en vivir traduciendo nuestra esencia para que encaje en todas las miradas.

Y algo profundamente liberador en aceptar que no todo el mundo va a entendernos.

Y quizá ahí comienza una forma más profunda de libertad, la libertad de ser.

Incluso cuando no todos entienden por qué.

lunes, 15 de junio de 2026

Los puentes que sostenemos solos

 Hace poco caminaba junto al agua, observando un viejo puente de piedra. Me quedé un rato contemplándolo y pensé que, en cierto modo, las relaciones humanas se parecen mucho a los puentes.

Un puente existe para unir dos orillas, necesita apoyo en ambos lados para mantenerse firme.

Y, sin embargo, a veces en nuestras relaciones ocurre algo diferente: una sola persona intenta sostener toda la estructura.

No sucede de repente. Es algo que suele instalarse poco a poco.

Primero eres tú quien escribe porque te apetece, después eres tú quien pregunta cómo está la otra persona. Más tarde eres tú quien propone quedar, quien llama, quien se interesa, quien recuerda fechas importantes, quien cuida los detalles.

Y como el vínculo te importa, sigues haciéndolo.

Sin darte cuenta, lo que comenzó siendo un gesto de cariño acaba convirtiéndose en una responsabilidad silenciosa.

Hasta que un día aparece una pregunta incómoda:

¿Qué pasaría si yo dejara de sostener esto durante un tiempo?

La respuesta no siempre es agradable.

A veces descubrimos que la relación continúa respirando por sí sola.

Otras veces comprobamos que éramos nosotros quienes aportábamos casi todo el oxígeno.

No escribo esto desde el reproche.

La vida me ha enseñado que cada persona ama, cuida y se relaciona desde sus propias circunstancias, capacidades y heridas.

No todo el mundo expresa el afecto de la misma manera. No todo el mundo sabe estar presente del mismo modo. Y tampoco todas las relaciones están llamadas a tener la misma profundidad.

Pero una cosa es aceptar las diferencias y otra muy distinta asumir en soledad el trabajo que corresponde a dos personas. Porque la reciprocidad no consiste en dar exactamente lo mismo. No es una contabilidad emocional donde anotamos quién llamó primero, quién ayudó más o quién estuvo más veces disponible.

La reciprocidad es algo mucho más sencillo.

Es sentir que el vínculo respira en ambas direcciones, es percibir que al otro lado también hay alguien que cuida el puente. Alguien que, a su manera, también se acerca y también pregunta. También sostiene.

También construye.

Con los años he aprendido que muchas veces sufrimos no por la realidad de una relación, sino por la imagen que conservamos de ella. Seguimos alimentando expectativas porque recordamos cómo fue en otro momento. Seguimos insistiendo porque creemos que, si hacemos un esfuerzo más, algo volverá a ser como antes.

Pero hay ocasiones en las que el acto más amoroso no consiste en insistir.

Consiste en observar. Observar sin perseguir, sin empujar, sin justificar constantemente la ausencia del otro.

Simplemente mirar lo que ocurre cuando dejamos de cargar el puente sobre nuestros hombros, y aceptar la respuesta.

Algunas relaciones se fortalecen, otras se transforman, otras terminan.

Y aunque eso pueda doler, también nos devuelve una energía que llevábamos demasiado tiempo invirtiendo en sostener algo que ya no estaba siendo compartido.

Quizá la madurez emocional no consista en conseguir que todo el mundo permanezca en nuestra vida.

Quizá consista en reconocer qué relaciones tienen raíces profundas y cuáles estaban sostenidas únicamente por nuestra voluntad de que no desaparecieran.

Hoy valoro más que nunca las relaciones sencillas, las que no necesitan persecución.

Las que no me obligan a adivinar mi lugar y que sabes que se construyen desde ambos lados.

Porque he descubierto que las relaciones más sanas son aquellas en las que la energía circula, ccomo el agua bajo un puente.

Libre y a la  vez  en movimiento.

Sin que nadie tenga que cargar sola con el peso de unir las dos orillas.

Y tú, qué puentes sigues sosteniendo por costumbre, cuando quizá ha llegado el momento de comprobar si también se sostienen desde el otro lado?