sábado, 11 de julio de 2026

La experiencia de vida y la experiencia académica: cuando el conocimiento también se habita

 Vivimos en una época en la que los títulos, las certificaciones y la formación especializada tienen un enorme valor. Y es lógico: la evidencia científica, el estudio y la actualización constante son fundamentales para ofrecer un acompañamiento responsable y de calidad.

Pero existe otro tipo de conocimiento que no aparece en ningún diploma: el que nace de la experiencia vivida.

Hay personas que han aprendido sobre el estrés después de leer cientos de artículos. Otras lo han conocido desde dentro. Han atravesado el agotamiento, la incertidumbre, el duelo, el miedo, la enfermedad o el cuidado de otros. Y ese recorrido deja una comprensión difícil de transmitir únicamente con palabras.

Y creo firmemente que ambas formas de conocimiento son necesarias.

La experiencia académica aporta rigor. Nos ayuda a comprender cómo funciona el sistema nervioso, qué ocurre durante una respuesta de estrés, qué beneficios han demostrado prácticas como el mindfulness, la respiración consciente o determinados hábitos de autocuidado. Nos protege de caer en creencias sin fundamento y nos invita a seguir aprendiendo.

La experiencia de vida aporta humanidad. Permite reconocer matices que los libros no siempre pueden explicar: cómo se siente una guardia interminable, qué significa cuidar a un familiar dependiente, cómo cambia la percepción del tiempo durante un duelo o por qué, en algunos momentos, la mejor práctica no es meditar veinte minutos, sino simplemente detenerse a respirar durante uno.

¿Y qué ocurre con la predisposición natural?

También existe algo más difícil de medir: la predisposición natural de algunas personas para escuchar, acompañar, sostener o generar calma.

Es una capacidad que muchas veces aparece desde edades tempranas y que suele desarrollarse con la experiencia. Sin embargo, una predisposición no equivale a una competencia profesional.

Una persona puede tener una sensibilidad extraordinaria para acompañar a otros y, aun así, necesitar formación para hacerlo de forma ética, segura y eficaz. Del mismo modo, alguien con una preparación académica impecable puede conocer perfectamente la teoría, pero necesitar cultivar habilidades humanas como la presencia, la escucha o la empatía.

La ciencia reconoce que existen diferencias individuales relacionadas con rasgos de personalidad, capacidades emocionales y habilidades interpersonales. Sin embargo, esas predisposiciones no determinan por sí solas la calidad del acompañamiento. La práctica deliberada, la formación y la experiencia también moldean esas capacidades.

No se trata de elegir entre talento o estudio.

Se trata de comprender que uno sin el otro suele quedarse incompleto.

Lo que intento transmitir desde  mi naciente proyecto mmmedita.

No comparto herramientas únicamente porque las haya estudiado.

Tampoco solo porque las haya vivido.

Las comparto cuando ambas cosas se encuentran.

Como auxiliar de enfermería he aprendido que cuidar va mucho más allá de realizar una técnica correctamente. He visto cómo una mirada tranquila puede disminuir el miedo de un paciente, cómo unos minutos de presencia pueden aliviar la soledad y cómo quien cuida también necesita espacios donde poder descansar emocionalmente.

Después llegaron el mindfulness, el yoga, el Yoga Nidra,  y voy integrando la aromaterapia basada en evidencia disponible y la formación continua. No para sustituir la experiencia, sino para darle estructura, profundidad y respaldo.

Por eso, intento integrar desde dos lugares inseparables: el conocimiento que ofrecen la ciencia y la formación, y el aprendizaje que solo concede la vida cuando uno está dispuesto a vivirla con atención.

Porque, al final, el mejor acompañamiento no nace únicamente de saber mucho.

Nace de estudiar con humildad, seguir aprendiendo y no olvidar nunca lo que la propia vida nos ha enseñado.

viernes, 3 de julio de 2026

Volver a lo lento en un mundo que arde



 Estamos en una época en las que una siente con más claridad que el mundo se ha vuelto demasiado rápido, demasiado ruidoso y demasiado insensible.

Abrimos el móvil y encontramos guerras, terremotos, violencia, polarización, enfermedad, pérdidas, agotamiento. Las malas noticias se encadenan unas con otras con una velocidad que el cuerpo no siempre sabe sostener. Todo ocurre deprisa. Todo exige reacción inmediata. Todo parece empujarnos a vivir en estado de alerta.

Y en medio de ese ruido, una vela encendida puede parecer un gesto insignificante.

Caminar descalza por la playa puede parecer una frivolidad.

Preparar una infusión con calma, sentarte a respirar o contemplar el atardecer puede parecer poco frente a todo lo que está ocurriendo en el mundo.

Pero quizá sea justo al revés. Quizá necesitamos volver a lo pequeño porque lo grande nos está desbordando.
Quizá necesitamos recuperar el ritual porque hemos normalizado una forma de vida profundamente desconectada de nuestros ritmos internos.Quizá necesitamos volver a lo lento no como escapismo, sino como una forma de resistencia.

Encender una vela no cambia una guerra, pero puede recordarte que todavía existe un espacio de silencio dentro de ti.

Caminar por la playa no mitiga el dolor que causa ver un terremoto, pero puede ayudarte a volver al cuerpo cuando la mente ya no sabe cómo procesar tanto dolor.

Respirar conscientemente no resuelve el sufrimiento del mundo, pero puede impedir que tú también te conviertas en otra persona más anestesiada, desconectada y arrastrada por la inercia del miedo.

Creo que estamos viviendo un tiempo que nos obliga a mirar de frente algo incómodo: no podemos seguir habitando la vida desde el automatismo, la prisa y la superficialidad sin pagar un precio muy alto.

No hablo solo de bienestar individual.Hablo de conciencia.De una conciencia más despierta, más humana, más capaz de comprender que todo está conectado.

Lo que ocurre en un país lejano también nos afecta.

La forma en que consumimos información afecta a nuestro sistema nervioso.

La forma en que nos relacionamos con nuestro cuerpo afecta a la forma en que tratamos a otros.

La violencia que toleramos dentro de nosotros acaba teniendo eco fuera.

Quizá por eso siento que todo lo que está ocurriendo no solo nos confronta con el dolor, sino también con una elección: seguir viviendo dormidos o empezar a despertar.

Seguir alimentando el ruido o empezar a proteger espacios de presencia.

Seguir reaccionando desde el miedo o cultivar una mirada más consciente, más compasiva y más responsable.

Volver a lo lento no significa dar la espalda al mundo.

Significa no permitir que el mundo te arrastre hasta perderte.

Significa elegir pequeños gestos que te devuelvan a casa.

Encender una vela al amanecer.

Caminar junto al mar.

Escuchar el sonido de tu respiración.

Preparar un aceite, una infusión o una comida con presencia.

Sentarte en silencio aunque sea unos minutos.

Apagar el teléfono.

Mirar el cielo.

Llorar lo que duele.

Dar gracias por lo que permanece.

Todo eso también es práctica espiritual, aunque no siempre lo llamemos así.

No sé si estamos asistiendo a una elevación colectiva de conciencia.

Sería demasiado grandilocuente afirmarlo con certeza.

Pero sí creo que estamos siendo empujados, a veces de manera brutal, a revisar la forma en que vivimos.

A cuestionar qué consumimos, cómo nos vinculamos, a qué damos valor, qué ritmo sostenemos y cuánto tiempo hace que no nos escuchamos de verdad.

Tal vez la conciencia no se eleve de golpe.

Tal vez lo haga así: persona a persona, gesto a gesto, respiración a respiración.

Tal vez empiece cuando alguien, en mitad del ruido, decide encender una vela en lugar de seguir corriendo.

Cuando alguien apaga el móvil y sale a caminar.

Cuando alguien elige no endurecerse más.

Cuando alguien decide sentir el dolor del mundo sin dejar que eso le robe la ternura.

Volver a lo lento no es retroceder.

Es recordar algo esencial que el ruido nos hizo olvidar: que la profundidad necesita tiempo y que la  presencia necesita silencio.

Y que, a veces, el acto más revolucionario no es hacer más, sino habitar de otra manera aquello que ya estamos viviendo.

martes, 30 de junio de 2026

Lo que el hospital me enseña sobre la vida

 Cuando empecé a trabajar en un hospital pensaba que aprendería sobre cuidados, técnicas y procedimientos. Y sí, he aprendido todo eso.

Pero con el paso de los años me he dado cuenta de que el hospital ha sido una de las mayores escuelas de vida que he conocido.

Entre sus pasillos no solo hay enfermedades. Hay historias, hay personas que celebran una buena noticia y otras que reciben una de las peores llamadas de su vida. Hay familias que esperan con esperanza, con miedo o con incertidumbre.

Hay silencios que dicen mucho más que cualquier conversación.

Trabajar aquí me ha enseñado que la vida puede cambiar en un instante, que muchas veces damos por hecho cosas tan sencillas como respirar sin dificultad, caminar, abrazar a quien queremos o volver a casa al terminar el día.

También me ha enseñado que acompañar no siempre consiste en hacer algo veces consiste simplemente en estar. En escuchar sin interrumpir, en sostener una mano, en respetar un silencio, en ofrecer una mirada que transmita calma cuando no existen las palabras adecuadas.

He aprendido que la fortaleza no siempre tiene la forma que imaginamos. La he visto en pacientes que afrontan la enfermedad con una serenidad admirable. La he visto en familiares que encuentran fuerzas donde pensaban que ya no quedaban. Y también la he visto en compañeros que, después de una jornada difícil, vuelven al día siguiente dispuestos a seguir cuidando.

Pero el hospital también me ha enseñado algo que tardé demasiado tiempo en comprender.

Quienes cuidamos a los demás también necesitamos que alguien cuide de nosotros.

He dejado de pensar que aguantar era parte del trabajo, que el cansancio era normal, que llegar a casa sin energía era el precio de esta profesión.

Hoy intento vivirlo de otra manera.

He descubierto que descansar no es un premio, es una necesidad y que respirar unos minutos antes de empezar el día puede cambiar cómo lo afronto, que caminar por la naturaleza, meditar o simplemente regalarme un momento de silencio no me hace menos profesional.

Me ayuda a seguir cuidando sin olvidarme de mí.

Quizá esa sea la mayor lección que me ha regalado el hospital.

Recordarme cada día que detrás de cada uniforme hay una persona.

Y que para seguir ofreciendo presencia, humanidad y cuidado, primero necesitamos concedernos esas mismas cosas a nosotros.

Ese es el motivo por el que  está naciendo
@Mmmedita

Porque creo profundamente que quienes cuidan también merecen un lugar donde sentirse cuidados.

jueves, 25 de junio de 2026

No necesito ser comprendida por todo el mundo (y tú tampoco..)

Tendemos a pensar  que la incomprensión es un problema que debe resolver.

Durante un tiempo, bastante largo, si alguien no entendía una decisión que había tomado, intentaba explicarme mejor, si alguien cuestionaba mis cambios, buscaba argumentos.

Si sentía distancia en una relación, dedicaba tiempo y energía a intentar aclarar lo que estaba ocurriendo.

En el fondo, creía que ser comprendida era una condición necesaria para sentirme en paz.

Pero la paz llega precisamente cuando dejamos de exigir comprensión.

Porque la realidad es que no todas las personas pueden acompañarnos en todas las etapas de nuestra vida, y eso no significa que no nos quieran, simplemente significa que cada persona observa el mundo desde su propia historia, sus experiencias, sus heridas y sus límites.

A veces esperamos que los demás entiendan decisiones que ellos nunca tomarían, cambios que ellos no desean hacer, preguntas que nunca se han planteado, y desde ahí nace gran parte de la frustración. No porque nos rechacen, sino porque esperamos encontrar un reflejo de nosotros mismos donde quizá nunca existió.

 Y a mi eso me llevó a creer durante mucho tiempo a asociar la comprensión con el amor.

Pensaba que quien me quería debía entenderme...

Hoy ya no estoy tan segura.

Creo que hay personas que nos quieren profundamente y, sin embargo, nunca llegarán a comprender determinadas partes de nuestro camino.

Y también existen personas que nos comprenden sin necesidad de compartir nuestra experiencia.

La comprensión es un regalo, no una obligación.

Quizá una de las señales de madurez emocional sea dejar de vivir permanentemente explicándonos.

No porque nos volvamos indiferentes, no porque dejemos de comunicarnos.

Sino porque dejamos de convertir la comprensión ajena en un requisito para validar nuestra experiencia.

Cuando dependemos de que otros entiendan nuestras decisiones para sentirnos seguras, seguimos entregando fuera una parte importante de nuestro poder.

Necesitamos que aprueben, que confirmen, que respalden, que nos digan que estamos haciendo lo correcto.

Sin embargo, llega un momento en el que la vida nos invita a caminar sin esa garantía.

A confiar en lo que sabemos internamente y a escuchar nuestra propia brújula y también a  aceptar que algunas personas se quedarán, otras se alejarán y otras simplemente no sabrán qué hacer con la nueva versión de nosotros.

Y eso forma parte del proceso.

Muchas veces confundimos pertenecer con ser comprendidos, pero no son lo mismo.

Pertenecer no significa que todos piensen como nosotros.

Significa poder habitar nuestra verdad sin necesidad de escondernos.

La libertad aparece cuando dejamos de negociar constantemente quién somos para resultar más comprensibles, más aceptables o más cómodos para los demás.

Porque hay algo profundamente agotador en vivir traduciendo nuestra esencia para que encaje en todas las miradas.

Y algo profundamente liberador en aceptar que no todo el mundo va a entendernos.

Y quizá ahí comienza una forma más profunda de libertad, la libertad de ser.

Incluso cuando no todos entienden por qué.

lunes, 22 de junio de 2026

Alegría: el arte de reconocer lo que ya está aquí

Hay una idea que me acompañó durante años y que, sin darme cuenta, condicionó mi forma de vivir: la creencia de que la alegría llegaría cuando consiguiese algo más.

Cuando tuviese más tiempo.

Cuando resolviese un problema.

Cuando encontrase a las personas adecuadas.

Cuando las circunstancias fuesen mejores.

Cuando por fin llegase ese momento que estaba esperando.

Y así pasaba semanas, meses e incluso años viviendo en una especie de sala de espera emocional.

Pero la alegría tiene una forma muy distinta de aparecer.

No suele llegar haciendo ruido, no acostumbra a anunciarse, y no siempre coincide con grandes logros ni con fotografías perfectas.

La alegría verdadera suele parecerse más a este columpio vacío en medio del bosque.

Un espacio sencillo.

Un instante de pausa.

Un lugar donde descansar.

A medida que pasan los años, empiezo a pensar que la alegría no consiste en acumular experiencias extraordinarias, sino en desarrollar la capacidad de reconocer la belleza de lo ordinario.

Una taza de café en silencio.

Una caminata entre árboles.

Una respiración consciente.

Una conversación que nutre.

Un abrazo inesperado.

Una tarde sin planes.

La risa compartida con alguien que nos conoce de verdad. Hoy por ejemplo he ido a comer con mi madrina, y siento mucha alegría por tenerla conmigo.

Son momentos tan pequeños que muchas veces pasan desapercibidos.

Y, sin embargo, son ellos los que terminan sosteniendo una vida.

Vivimos en una cultura que nos invita constantemente a buscar más: más productividad, más reconocimiento, más resultados, más velocidad.

Pero el alma tiene otro ritmo.

El alma se alimenta de presencia.

De pausas.

De gratitud.

De aquello que no puede comprarse ni medirse.

Quizá por eso las prácticas que más bienestar aportan suelen ser también las más sencillas: respirar conscientemente, caminar, meditar, contemplar la naturaleza, escuchar sin prisa, descansar sin culpa.

No porque solucionen todos nuestros problemas.

Sino porque nos devuelven al único lugar donde la alegría puede existir: el momento presente.

La imagen del columpio me recuerda precisamente eso.

No hace falta que siempre haya alguien ocupándolo.

A veces basta con saber que existe.

Que hay un lugar donde volver.

Que la vida también puede ser ligera.

Que no todo tiene que ser esfuerzo.

Que no todo tiene que estar orientado a producir.

Porque la alegría no siempre aparece cuando conseguimos algo.

Muchas veces aparece cuando dejamos de correr y empezamos a mirar.

Y entonces descubrimos que aquello que llevábamos tanto tiempo buscando ya estaba aquí.

Esperándonos en los pequeños momentos que, por cotidianos, habíamos olvidado valorar.

Elige lo que te nutre.
Pequeños momentos que despiertan el alma.
Vive. Ríe. Agradece.
 


jueves, 18 de junio de 2026

Cuando dejamos de querer hacer bien las cosas??

Es muy preocupante, y no solo en sanidad, pero como es lo que vivo día a dia ..aquí lo dejo.

Y creo, no tiene que ver con la falta de conocimientos, tiene que ver con la falta de interés.

Con esa sensación creciente de que hacer las cosas bien ha dejado de ser importante.

Que basta con cumplir, que basta con salir del paso, que basta con que otro termine resolviendo aquello que nosotros no hemos querido asumir.

Trabajo en un entorno donde el aprendizaje debería ser algo natural. La sanidad cambia constantemente, los cuidados también y el paciente por supuesto.

Los conocimientos evolucionan, pero las necesidades de los pacientes también.

Sin embargo, cada vez escucho con más frecuencia una frase que me resulta difícil comprender:

"¿Para qué?"

¿Para qué formarme?

¿Para qué aprender algo nuevo?

¿Para qué implicarme más?

¿Para qué esforzarme si nadie lo reconoce?

Y aunque entiendo el cansancio que muchas veces hay detrás de esas palabras, sigo pensando que existe una diferencia entre sentirse agotado y dejar de sentir responsabilidad.

Porque cuando dejamos de aprender, no nos estancamos únicamente nosotros.

También se empobrece la calidad del cuidado que ofrecemos.

Hay algo profundamente valioso en seguir siendo curioso, en seguir haciéndose preguntas.

En seguir queriendo comprender mejor aquello que hacemos cada día.

No porque vayamos a recibir un premio, ni porque nos lo exijan, sino porque detrás de nuestro trabajo hay personas.

Personas que depositan en nosotros su confianza, y que esperan profesionalidad. Que esperan humanidad, presencia.

Quizá soy ingenua, pero sigo creyendo que una parte importante de la dignidad profesional consiste en no conformarse, y en mantener viva la inquietud por mejorar.

En seguir aprendiendo incluso cuando nadie nos obliga.

En seguir cuidando los detalles cuando nadie nos observa.

Porque el verdadero profesionalismo no aparece cuando nos supervisan.

Aparece cuando nadie mira.

Y aun así decidimos hacer las cosas lo mejor posible.

No por perfeccionismo, ni por exigencia, sino por respeto hacia nuestro trabajo y sobre todo respeto hacia quienes atendemos.

Y por supuesto,  respeto hacia nosotros mismos.

Me pregunto si el problema no es la falta de formación, sino el hecho de  haber olvidado que aprender también es una forma de cuidar.

Y que cuando dejamos de crecer profesionalmente, algo dentro de nosotros también deja de crecer.







martes, 16 de junio de 2026

Stress Away: el aceite que me enseñó a bajar el ritmo

 Hay herramientas que llegan a nuestra vida por casualidad y otras que aparecen justo cuando las necesitamos.

Mi encuentro con la aromaterapia comenzó hace dos años, en una etapa en la que buscaba formas sencillas de cuidar mi bienestar emocional y físico en medio de la intensidad del día a día. Como sanitaria, conozco bien lo que significa sostener responsabilidades, acompañar procesos difíciles y, muchas veces, olvidarse de una misma mientras se cuida de los demás.

Uno de los primeros aceites esenciales que utilicé fue Stress Away.

No sabía entonces que aquel pequeño frasco acabaría convirtiéndose en un compañero habitual de mis prácticas de mindfulness, Yoga Nidra y momentos de pausa consciente y en mi perfume mas de un año.

Cuando el cuerpo vive en alerta

Muchas personas creen que el estrés es solo una sensación mental. Sin embargo, el estrés también tiene una expresión física muy concreta.

Se refleja en la respiración superficial, en los hombros tensos, en la dificultad para descansar, en la sensación de estar siempre pendientes de algo.

Nuestro sistema nervioso está diseñado para protegernos. Cuando percibe una amenaza, activa mecanismos que nos preparan para actuar. El problema es que hoy las amenazas suelen ser plazos, preocupaciones, exceso de información o una agenda que nunca parece terminar.

Y el cuerpo no siempre distingue entre un peligro real y una preocupación constante.

Por eso es tan importante ofrecerle momentos de seguridad y descanso.

El aroma como puerta de entrada a la calma

Los aromas tienen una capacidad única para influir en nuestro estado interno.

Cuando inhalamos un aceite esencial, la información aromática llega rápidamente a zonas cerebrales relacionadas con las emociones, los recuerdos y la regulación de la respuesta al estrés.

Por eso un aroma puede hacernos sentir confort, tranquilidad o incluso transportarnos a un momento concreto de nuestra vida.

En mi caso, Stress Away se convirtió en una invitación a detenerme.

A respirar más despacio.

A regresar al momento presente.

A recordarme que no era necesario vivir todo el tiempo en modo "hacer".

Un pequeño ritual cotidiano

Con el tiempo entendí que el verdadero valor de la aromaterapia no está únicamente en las propiedades de un aceite esencial, sino en la intención con la que lo utilizamos.

Aplicar unas gotas en las muñecas antes de comenzar una práctica de Yoga Nidra.

Respirarlo profundamente después de una jornada intensa.

Utilizarlo mientras escribo, medito o simplemente observo el atardecer.

Son gestos sencillos.

Pero precisamente por eso son tan poderosos.

Porque nos ayudan a construir espacios de presencia dentro de una vida que a menudo nos invita a correr.

Lo que aprendí de Stress Away

Si algo me enseñó este aceite es que la calma no llega cuando terminamos todas las tareas pendientes.

La calma aparece cuando decidimos regalarnos una pausa, aunque sea breve.

Cuando escuchamos las señales del cuerpo antes de que nos obligue a parar.

Cuando entendemos que cuidar del sistema nervioso no es egoísmo, sino una necesidad.

Hoy sigo utilizando Stress Away como parte de mis rituales de autocuidado. No porque espere que resuelva mis problemas, sino porque me recuerda algo esencial:

que siempre puedo volver a la respiración, al cuerpo y al momento presente.

Y, muchas veces, eso es exactamente lo que necesitamos.


Una invitación

¿Tienes algún aroma que te haga sentir inmediatamente en casa, en calma o conectado contigo mismo?

Quizás la aromaterapia no consista en añadir algo más a nuestra vida, sino en recordar lo que ya sabemos: que dentro de nosotros existe un lugar al que siempre podemos regresar.


lunes, 15 de junio de 2026

Los puentes que sostenemos solos

 Hace poco caminaba junto al agua, observando un viejo puente de piedra. Me quedé un rato contemplándolo y pensé que, en cierto modo, las relaciones humanas se parecen mucho a los puentes.

Un puente existe para unir dos orillas, necesita apoyo en ambos lados para mantenerse firme.

Y, sin embargo, a veces en nuestras relaciones ocurre algo diferente: una sola persona intenta sostener toda la estructura.

No sucede de repente. Es algo que suele instalarse poco a poco.

Primero eres tú quien escribe porque te apetece, después eres tú quien pregunta cómo está la otra persona. Más tarde eres tú quien propone quedar, quien llama, quien se interesa, quien recuerda fechas importantes, quien cuida los detalles.

Y como el vínculo te importa, sigues haciéndolo.

Sin darte cuenta, lo que comenzó siendo un gesto de cariño acaba convirtiéndose en una responsabilidad silenciosa.

Hasta que un día aparece una pregunta incómoda:

¿Qué pasaría si yo dejara de sostener esto durante un tiempo?

La respuesta no siempre es agradable.

A veces descubrimos que la relación continúa respirando por sí sola.

Otras veces comprobamos que éramos nosotros quienes aportábamos casi todo el oxígeno.

No escribo esto desde el reproche.

La vida me ha enseñado que cada persona ama, cuida y se relaciona desde sus propias circunstancias, capacidades y heridas.

No todo el mundo expresa el afecto de la misma manera. No todo el mundo sabe estar presente del mismo modo. Y tampoco todas las relaciones están llamadas a tener la misma profundidad.

Pero una cosa es aceptar las diferencias y otra muy distinta asumir en soledad el trabajo que corresponde a dos personas. Porque la reciprocidad no consiste en dar exactamente lo mismo. No es una contabilidad emocional donde anotamos quién llamó primero, quién ayudó más o quién estuvo más veces disponible.

La reciprocidad es algo mucho más sencillo.

Es sentir que el vínculo respira en ambas direcciones, es percibir que al otro lado también hay alguien que cuida el puente. Alguien que, a su manera, también se acerca y también pregunta. También sostiene.

También construye.

Con los años he aprendido que muchas veces sufrimos no por la realidad de una relación, sino por la imagen que conservamos de ella. Seguimos alimentando expectativas porque recordamos cómo fue en otro momento. Seguimos insistiendo porque creemos que, si hacemos un esfuerzo más, algo volverá a ser como antes.

Pero hay ocasiones en las que el acto más amoroso no consiste en insistir.

Consiste en observar. Observar sin perseguir, sin empujar, sin justificar constantemente la ausencia del otro.

Simplemente mirar lo que ocurre cuando dejamos de cargar el puente sobre nuestros hombros, y aceptar la respuesta.

Algunas relaciones se fortalecen, otras se transforman, otras terminan.

Y aunque eso pueda doler, también nos devuelve una energía que llevábamos demasiado tiempo invirtiendo en sostener algo que ya no estaba siendo compartido.

Quizá la madurez emocional no consista en conseguir que todo el mundo permanezca en nuestra vida.

Quizá consista en reconocer qué relaciones tienen raíces profundas y cuáles estaban sostenidas únicamente por nuestra voluntad de que no desaparecieran.

Hoy valoro más que nunca las relaciones sencillas, las que no necesitan persecución.

Las que no me obligan a adivinar mi lugar y que sabes que se construyen desde ambos lados.

Porque he descubierto que las relaciones más sanas son aquellas en las que la energía circula, ccomo el agua bajo un puente.

Libre y a la  vez  en movimiento.

Sin que nadie tenga que cargar sola con el peso de unir las dos orillas.

Y tú, qué puentes sigues sosteniendo por costumbre, cuando quizá ha llegado el momento de comprobar si también se sostienen desde el otro lado?


Por qué quiero que Mmmedita sea un refugio para quienes cuidan

 

Hace poco menos de un año cree el perfil @mmmedita en Instagram, simplemente como un espacio para hablar de mindfulness, bienestar o autocuidado.

Pero con el paso del tiempo me he dado cuenta de que hay una pregunta que aparece una y otra vez detrás de todo lo que comparto:

¿Quién cuida a quienes cuidan? Quien nos cuida a quienes cuidamos? Y aqui no hablo del entorno personal...

Trabajo en sanidad desde hace años. He visto el cansancio, la presión, las prisas, la exigencia y el desgaste emocional que muchas veces acompañan a esta profesión. He visto cómo profesionales excelentes llegan a casa vacíos después de haber sostenido durante horas el dolor, el miedo o la incertidumbre de otras personas.

Y también me he visto a mí misma en ese lugar.

Porque cuidar no es solo un trabajo. Cuidar implica estar presente, acompañar, escuchar, contener y responder incluso en los días en los que una misma no está bien.

Con el tiempo comprendí que muchas de las herramientas que me ayudaban a recuperar el equilibrio —la atención plena, la respiración consciente, el contacto con la naturaleza, el descanso, el yoga Nidra o los aceites esenciales— podían ser también un apoyo para otras personas que viven realidades parecidas.

Por eso quiero que Mmmedita evolucione. No para convertirme en una experta que enseña desde un pedestal, sino para crear un espacio donde quienes trabajan cuidando personas puedan sentirse comprendidos.

Un lugar donde se hable del cansancio emocional sin vergüenza.

Donde descansar no se vea como una debilidad y donde podamos recordar que detrás del uniforme hay personas.

Foto programa Tvg
Foto programa Tvg  en la 4Sur

Personas que sienten, personas que se cansan y que también necesitan apoyo.

No pretendo ofrecer soluciones mágicas ni fórmulas perfectas. La vida real no funciona así.

Lo que sí quiero ofrecer es una pausa.

Un momento para respirar.

Una reflexión que acompañe.

Una herramienta sencilla para los días difíciles.

Un recordatorio de que también merecemos cuidarnos.

Quizás ese sea el verdadero propósito de Mmmedita.

No enseñar a las personas a cuidar mejor.

Sino ayudar a quienes cuidan a no olvidarse de sí mismos en el camino.

Si eres alguien que cuida, fuera o dentro del hospital, te invito a seguirme y a pasarte un ratito de vez en cuando por aquí.

De antemano, gracias🙏💗


sábado, 13 de junio de 2026

Volver a casa una y otra vez


Muchas personas llegan a la meditación buscando calma.

Yo también.

Llegamos cansadas del ruido, de las prisas, de las preocupaciones que ocupan demasiado espacio en nuestra cabeza. Llegamos con la esperanza de encontrar una herramienta que nos ayude a sentirnos mejor, a descansar un poco de nosotros mismos, a recuperar algo de paz.

Y durante un tiempo pensé que eso era exactamente la meditación.

Creía que meditar consistía en alcanzar determinados estados: serenidad, silencio, bienestar, equilibrio.

Pero la vida, como suele hacer, terminó enseñándome algo mucho más profundo.

Con el tiempo descubrí que la práctica no consiste en sentirte bien todo el tiempo.

Consiste en aprender a estar presente también cuando las cosas no van bien.

Estar cuando aparecen el miedo, la incertidumbre o la tristeza, estar cuando los planes cambian, cuando las personas que amamos sufren, o cuando la enfermedad entra en una habitación.

También cuando una despedida llega antes de lo que esperábamos.

Estar cuando la vida deja de parecerse a lo que habíamos imaginado.

Y ahí he de decir que algunas de las experiencias más humanas que he vivido ocurrieron precisamente cuando ya no había nada que decir.  Solo estar, solo sostener ,solo compartir un instante de humanidad.

La meditación me ha ayudado a comprender eso.

No como una técnica ni como una herramienta para relajarme, sino como una forma de relacionarme con la vida. 

Mi camino ha pasado por hospitales, aprendizajes, pérdidas, libros, aceites esenciales, bosques, conversaciones profundas, amaneceres, atardeceres y muchas horas de silencio.

Ha pasado por momentos de claridad y por otros en los que apenas podía ver el siguiente paso.

Y sigo caminando.

Porque he comprendido que el mindfulness no es un destino al que se llega. 

La práctica es volver.

Volver cuando te pierdes.

Volver cuando te distraes.

Volver cuando sufres.

Volver cuando la vida te sacude.

Volver cuando olvidas quién eres.

Volver una y otra vez a ese lugar interno donde puedes encontrarte contigo misma sin exigencias y sin juicios.

viernes, 12 de junio de 2026

Humanizar el cuidado

Hoy no vengo solo como profesional de enfermería.

Hoy vengo también como alguien que ha estado al otro lado de la cama..

y os aseguro que esa experiencia cambia la forma de cuidar para siempre.

Cuando eres enfermera o técnico en cuidados de enfermería, sabes hacer muchas cosas bien: técnicas, protocolos, procedimientos.
Pero cuando te conviertes en paciente, descubres algo que no aparece en ningún manual:
cómo se siente realmente una persona cuando pierde el control de su cuerpo, de su tiempo y, a veces, de su voz.
Y ahí entendí que la humanización no es un añadido al cuidado.
Es el cuidado.
Cuando entramos en una habitación, para nosotros es “una más” del turno.
Para esa persona, puede ser el peor día de su vida.
Y no es un número, no es un diagnóstico, no es una cama.
Es alguien con miedo, con historia, con familia, con preguntas que quizá no se atreve a hacer.
Como paciente aprendí que algo tan simple como que alguien se presente, te mire a los ojos y te llame por tu nombre…
te devuelve un poco de dignidad cuando todo lo demás parece haberse perdido.
Humanizar empieza ahí.
En cómo entramos, en cómo miramos, en cómo hablamos.
No cuesta tiempo.
Cuesta conciencia.
Muchas veces se dice:
“Es que no hay tiempo para pararse”.

Y yo os digo, desde haber estado en la cama: la empatía no retrasa el trabajo, lo mejora.

Un paciente escuchado confía más. Un paciente comprendido colabora más. Un paciente tratado con respeto sufre menos. La empatía no es cargar con el dolor del otro. No es llevarnos el sufrimiento a casa. Es algo mucho más sencillo y más profundo: reconocer que el dolor del otro existe y es válido.
Como paciente recuerdo perfectamente cómo me hablaron.
No recuerdo todos los nombres, ni todos los tratamientos.Pero sí recuerdo el tono.El silencio respetuoso. La prisa o la calma.
Porque os digo una cosa muy clara: la forma en que hablamos también cura… o hiere.
Explicar es cuidar.
Nosotros sabemos mucho.
Pero cuando estás en una cama, a veces no entiendes nada. El paciente no entiende nada..
Todo es nuevo, todo asusta, todo suena grave.
Hablar claro, con palabras sencillas, comprobar que la persona ha entendido…
eso no nos quita profesionalidad. Nos hace mejores profesionales.
Porque informar no es soltar datos. Es asegurarse de que el otro se siente seguro.
Y luego está algo muy importante: acompañar sin juzgar.
Como paciente aprendí que el juicio duele más que la enfermedad.
Una mirada, un comentario fuera de lugar, una frase dicha sin pensar…
puede quedarse grabada durante años.
No sabemos qué historia trae cada persona cuando entra por la puerta.
No sabemos qué batallas ya viene luchando.
Nuestro trabajo no es corregir vidas, es sostener personas.
Humanizar también es escuchar la voluntad del paciente.
Respetar sus tiempos, sus decisiones, sus miedos.
Incluirle no nos quita autoridad.

Nos la da.

Porque cuidar no es imponer.
Es caminar al lado.
Y quiero detenerme en algo que, como paciente, se vive con mucha intensidad:
la intimidad y la dignidad.
Una sábana mal puesta.
Una conversación en voz alta.
Una puerta que no se cierra.
Son detalles pequeños para quien tiene el control.
Pero enormes para quien está vulnerable.
La dignidad no se pierde por estar enfermo.
Al contrario.
Se vuelve más frágil y más sagrada.
Y es nuestra responsabilidad protegerla, incluso cuando la persona no puede hacerlo por sí misma.
La familia también importa.
Cuando estás enfermo, la presencia de los tuyos no es un capricho.
Es apoyo, es calma, es sentido.
Humanizar es entender que el paciente no viene solo.
Detrás hay personas que también sufren y necesitan ser tenidas en cuenta.
Y quiero cerrar con algo muy importante para quienes empezáis ahora.
La técnica se aprende.
Los protocolos se estudian.
La experiencia llega con el tiempo.
Pero la humanización
la humanización se elige cada día.
Se elige cuando estás cansado.
Cuando tienes prisa.
Cuando el turno pesa.
Se elige recordar que, algún día, cualquiera de nosotros puede estar al otro lado.
Y cuando un profesional ha sido paciente, entiende algo que ya no se olvida nunca:
que lo que deja huella no es solo lo que hacemos,
sino cómo hacemos sentir a la persona que cuidamos.
Ojalá nunca perdáis eso.
Porque ahí está la esencia más hermosa de nuestra profesión.
Gracias

jueves, 11 de junio de 2026

Volver a Mi refugio


Hace dieciseis años abrí este blog como quien abre una ventana.

Aquí quedaron pensamientos, emociones, aprendizajes y fragmentos de una etapa de mi vida que hoy miro con cariño. Durante mucho tiempo permaneció en silencio, pero nunca desapareció.

La vida siguió su curso. Aprendí a cuidar desde la sanidad, a acompañar desde el mindfulness, a escuchar desde el silencio del Yoga Nidra y a descubrir que el bienestar no es un destino, sino una práctica diaria.

Hoy regreso a este espacio con la misma esencia, aunque con una mirada más amplia.

Sigo creyendo en las personas, en las conversaciones que sanan, en la importancia de sentir y en la capacidad que tenemos para transformarnos.

Este refugio ya no será exactamente el mismo.

Y yo tampoco.

Pero quizás por eso tiene sentido volver.

Bienvenidos a esta nueva etapa.

— Merche

Acompañamiento