Yo también.
Llegamos cansadas del ruido, de las prisas, de las preocupaciones que ocupan demasiado espacio en nuestra cabeza. Llegamos con la esperanza de encontrar una herramienta que nos ayude a sentirnos mejor, a descansar un poco de nosotros mismos, a recuperar algo de paz.
Y durante un tiempo pensé que eso era exactamente la meditación.
Creía que meditar consistía en alcanzar determinados estados: serenidad, silencio, bienestar, equilibrio.
Pero la vida, como suele hacer, terminó enseñándome algo mucho más profundo.
Con el tiempo descubrí que la práctica no consiste en sentirte bien todo el tiempo.
Consiste en aprender a estar presente también cuando las cosas no van bien.
Estar cuando aparecen el miedo, la incertidumbre o la tristeza, estar cuando los planes cambian, cuando las personas que amamos sufren, o cuando la enfermedad entra en una habitación.
También cuando una despedida llega antes de lo que esperábamos.
Estar cuando la vida deja de parecerse a lo que habíamos imaginado.
Y ahí he de decir que algunas de las experiencias más humanas que he vivido ocurrieron precisamente cuando ya no había nada que decir. Solo estar, solo sostener ,solo compartir un instante de humanidad.
La meditación me ha ayudado a comprender eso.
No como una técnica ni como una herramienta para relajarme, sino como una forma de relacionarme con la vida.
Mi camino ha pasado por hospitales, aprendizajes, pérdidas, libros, aceites esenciales, bosques, conversaciones profundas, amaneceres, atardeceres y muchas horas de silencio.
Ha pasado por momentos de claridad y por otros en los que apenas podía ver el siguiente paso.
Y sigo caminando.Porque he comprendido que el mindfulness no es un destino al que se llega.
La práctica es volver.
Volver cuando te pierdes.
Volver cuando te distraes.
Volver cuando sufres.
Volver cuando la vida te sacude.
Volver cuando olvidas quién eres.
Volver una y otra vez a ese lugar interno donde puedes encontrarte contigo misma sin exigencias y sin juicios.